The Legend of Zelda: Breath of the Wild reinventó no solo la saga Zelda sino el concepto de mundo abierto en los videojuegos. Lanzado en 2017 como título de lanzamiento de Nintendo Switch, estableció un nuevo estándar de libertad y diseño emergente que los juegos de mundo abierto siguen intentando igualar.
Despierto de un sueño de cien años, Link explora un Hyrule devastado por la Calamidad Ganon. No hay un orden establecido para explorar, no hay mazmorgas que completar en secuencia, no hay restricciones artificiales que te impidan ir donde quieras desde el principio. Puedes escalar cualquier superficie. Puedes ir directamente al castillo de Hyrule en los primeros minutos si quieres.
El sistema físico es el corazón del diseño emergente. Los objetos interactúan entre sí de maneras consistentes con la lógica del mundo: el fuego propaga el calor, los metales conducen la electricidad, los objetos flotan en el agua. Las soluciones a los puzzles no son únicas: hay docenas de maneras de resolver cada situación usando los mismos sistemas de formas creativas.
Los 120 santuarios distribuidos por el mapa son puzzles de física y lógica que recompensan con fragmentos de vida y resistencia. Cada uno es un desafío autocontenido que enseña un uso específico de las habilidades de Link.
La exploración es la recompensa en sí misma. Ver una montaña en el horizonte y querer saber qué hay arriba. Descubrir una aldea escondida detrás de un lago. Encontrar un korok durmiendo bajo un árbol. BotW confía en tu curiosidad y esa confianza es lo que lo hace extraordinario.